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La rebeldía de la juventud venezolana, un millón de razones para el optimismo


La juventud reúne en el mundo un enorme potencial transformador. Emprendedora, despunta a la cabeza de grandes cambios en la ciencia y la cultura. Ha sido líder en la renovación del pensamiento. Descartes, para solo mencionar el primero que se me viene a la mente, fundó el racionalismo a los 40 años. Por cierto, los exitosos jóvenes venezolanos, tan reiteradamente premiados en los modelos de las Naciones Unidas, son émulos de tales renovadores, aunque por desgracia, bajo el sino trágico impuesto por el régimen de su país. Mayor mérito, sin duda, se les reconocerá al contrastar sus calificaciones sobresalientes en centros excelsos como los indicados modelos, con el diabólico deterioro en todos los órdenes de la vida venezolana, por obra de un régimen brutal que desertizó lo que hasta hace apenas unos años alcanzaba cotas de envidiable prosperidad.

Aproximadamente, dos millones de almas han logrado escapar de la abrumada Venezuela, nación que ha comenzado a ser percibida como gran campo de concentración o sombrío gueto sin libertad ni esperanza. Un estudio del prestigioso Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) resalta que de tan enorme masa de emigrantes, 71 por ciento está entre 26 y 36 años, ¡54 por ciento de ellos con títulos de postgrado! Es una fuerza centrífuga de malévola persistencia.

Sin embargo, hay en otro sentido fuertes razones para ser optimistas. Haciendo honor a su tradicional lema de "estudiar y luchar", los estudiantes están haciendo retroceder el fuego represivo, cimiento sobre el cual se ha erigido el dominio totalitario. El caso es que al aferrarse a la bayoneta, el gobierno multiplica su impopularidad, retrocede en el ámbito internacional, mina su unidad interna y la de instituciones fundamentales del Estado y, hasta donde cabe saber, puede entreverse que está levantando fuerte malestar en los uniformados. Según empresas consultoras, si se hicieran las elecciones de gobernadores, más del 80 por ciento votaría por los candidatos de la MUD. Por Maduro, en lo personal, se inclinaría apenas el 10.08 por ciento.

Ortega y Gasset, Eugenio d'Ors, Jiménez de Asúa y otros ilustres escritores peninsulares comentaron vivamente la histórica reforma universitaria iniciada en Córdoba en 1918 y propagada por el hemisferio como azogue encendido. Fueron, quizá, los primeros en afirmar que los estudiantes (y la clase media intelectual, agrego, por extensión y justicia) son la vanguardia del cambio iberoamericano, y, pese a su importancia fundamental, no el proletariado de la truculencia marxista.

La Reforma Universitaria llegó con retardo a Venezuela debido a la hermética dictadura del general Gómez. No obstante los estudiantes brillaron en 1928, 1936, 1951, 1958 y ahora, en el deslumbrante 2017, están logrando alturas inalcanzables. No están solos. La fuerza del cambio es tan vasta que parece condenada a vencer. Las mujeres hacen prodigios, los trabajadores, artistas, deportistas. Gente ajena a la política siente la necesidad de pronunciarse. Hijos y familiares exhortan a padres y parientes a desafiliarse de un sistema vergonzoso. Peloteros de Grandes Ligas salen a jugar con un SOS pintado en el rostro. Los artistas se incorporan como nunca. Despertó grata sorpresa que Gustavo Dudamel, nuestro gran director orquestal, durante años sumido en una torre musical, exigiera a Maduro cambiar y protestara por el bárbaro asesinato del violinista venezolano Armando Cañizales, otro artista que se unió a las movilizaciones democráticas.

La unidad política de la plural oposición se ha vuelto a consolidar. La MUD y la AN prestigian su lúcida condición dirigente al asumir físicamente los riesgos, al punto de haber sido colocadas en la mira de la artillería oficialista. Por supuesto, el gobierno no renuncia al juego político. Por inercia o temor a los reclamos de un mundo pendiente de Venezuela como jamás en el pasado, sigue tratando de cubrirse con vestiduras constitucionales, que no le van. La falacia constituyente fue tempranamente descubierta. Le queda la represión extrema. A falta de votos la última ratio son las balas, las bombas, la militarización de la justicia (acentuada por la equilibrada posición adoptada valientemente por el Ministerio Público) En fin, las famosas bayonetas. Pero valga el sabio consejo de Talleyrand a Bonaparte: "Sire, las bayonetas sirven para muchas cosas menos para sentarse sobre ellas".

El drama de una lucha como la que transcurre en Venezuela podría resumirse en esta sencilla ecuación: dos fuerzas se han envuelto en una confrontación cada vez más tensa. Una dispone de muy holgada mayoría, pero no está armada ni preparada para situaciones que se alejen de la salida pacífico-electoral. Son votos que quieren expresarse y hacer valer la soberanía popular, cuantificándola en urnas, que no ataúdes. La otra es dramáticamente minoritaria. Le huye a las elecciones como al fuego porque sabe que las perdería todas. Sin embargo, descansa en el monopolio del poder y de las armas. En su caso, urnas, ataúdes, sarcófagos son metáforas o metonimias de muerte. Contienen cadáveres, no votos depositados.