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Tomás Straka: Abril 2017 en Venezuela: ¿qué es lo que está pasando?


Abril 26, 2017

Se escriben estas notas cuando acaba de levantarse el Plantón y se ha convocado a una nueva marcha para dentro de dos días, dejando en el medio uno de descanso. Es decir, resulta imposible saber exactamente en dónde estamos parados. Los acontecimientos son tantos, y tan acelerados, que cualquier opinión corre el riesgo de ser apresurada. La malhadada Sentencia 156, la imagen de Julio Borges rompiéndola ante las cámaras, la lluvia de huevos y otros objetos sobre Nicolás Maduro en San Félix, parecen ya hechos remotos. Incluso la señora parada frente a la tanqueta y el manifestante desnudo han sido desplazados en nuestra atención por los saqueos, los colectivos y los muertos, cada vez más muertos. Todo indica que el conflicto seguirá sin que sea posible predecir el tiempo y sobre todo el modo de su final. Pero no por eso hay que eludir el esfuerzo de ver algunas cosas en perspectiva y tratar de determinar qué es lo que está pasando.

Tal vez, como ya han hecho analistas como Luis Vicente León y sobre todo Rafael Uzcátegui en un iluminador artículo aparecido en lapatilla.com, lo primero es ver qué hay de distinto en estos acontecimientos. Estamos en abril, pero no en el de 2002; como tampoco es febrero de 2014 ni en muchas cosas nada de lo vivido antes. Hay elementos de continuidad, pero hay novedades importantes. De hecho, en buena medida lo que se abrió en 2002 parece estarse cerrando en este abril de 2017.

La primera novedad es, digamos, estructural. Viéndolo en términos más amplios, lo que está en crisis no es el gobierno de Maduro, sino el sistema político que se estructuró hacia 2007, cuando Hugo Chávez, después de derrotar a sus oponentes en una serie de trances (el golpe de 2002, el paro de 2003, el revocatorio de 2004, las elecciones de 2006), promulgó el Estado socialista. El funcionamiento de ese sistema no está del todo definido (¿autoritarismo competitivo, Estado cuartel, democracia mayoritaria, socialismo pretoriano, un poco de cada cosa?), pero más o menos puede decirse que consistió en un régimen estructurado en torno al personalismo de Chávez, apuntalado por la legitimidad de los votos y respaldado por el control del Ejército. Discrecionalmente repartía la enorme renta petrolera, para garantizar el apoyo de ambos sectores, con ayudas a los pobres y participación en la amplia economía estatal a los militares. En una palabra, el modelo ceresoleano Caudillo-Pueblo-Ejército para construir el socialismo, cosa en la que Chávez se aplicó en serio estatizando gran parte de la economía. Los hechos de 2002 le dieron el control pleno de la renta y del Ejército, a lo que se sumó el enorme boom petrolero a partir de 2003. El punto es que poco queda de aquello: el Caudillo murió, los petrodólares escasean, el modelo socialista ha sido un desastre y según todas las encuestas el 80% del pueblo está en contra de los herederos en el poder. Parece quedar sólo el Ejército y el control de la renta, por disminuida que sea. Eso sí, tener las armas y el dinero no es poca cosa.

En este sentido, hay que entender que las protestas no son sólo contra un Gobierno muy malo, sino contra un sistema con una intrincada red de intereses que no tiene cómo sostenerse por la vía electoral, como quedó claramente demostrado en su enorme derrota electoral de 2015, y que ha decidido hacerlo de cualquier manera. El panorama es el de una élite que tiene el control del Estado en contra de la voluntad popular y a la que parecía irle saliéndole bien la jugada hasta que el mal paso de la sentencia desató la presión internacional y la protesta popular. A diferencia de 2002, cuando Chávez era el bueno de la película; y de forma aún más acusada que en 2014, la opinión mundial ve al Gobierno como la dictadura y a la oposición como la que lucha por la libertad. En 2014 el #SOSVenezuela se hizo viral, con apoyos de Madonna, Cher, Rihanna y otras celebridades a las protestas en Venezuela. Hoy el apoyo moral está en los gobiernos, sobre todo los de la región que han dejado de ser aliados incondicionales del chavismo, y muchos organismos multilaterales. Maduro es comparado con Kim Jong-un y Mugabe.

La segunda es que lo anunciado en todas las encuestas se ha demostrado en la calle. Para cierta narrativa, el hecho de que la oposición haya sido fundamentalmente de clase media resolvía una visión simplista de lucha de clases, de "la oligarquía reaccionando contra una revolución que le disputa los privilegios". Por supuesto, no es que no hubo de eso. La imagen de un empresario derogando todos los poderes, autoproclamándose presidente y rodeado de la vieja élite ayudó mucho a hacerla verosímil; pero encerrar a toda la oposición en el mismo saco ocultaba la existencia de otros grupos y motivaciones, así como, muy importante, sus argumentos, la mayor parte de los cuales probaron ser ciertos: en efecto la democracia estaba en peligro y el modelo llevaría al país a la bancarrota. Hoy, las imágenes son otras. Las protestas en el Oeste de Caracas, considerado coto del chavismo; así como su multiplicación a sitios impensables hasta hace poco (barrios y pueblos en los Llanos, Delta Amacuro, en la Perijá), demuestran que el descontento es mayoritario y de arraigo popular.

La tercera y acaso la más preocupante, es que la protesta política se empalmó con la social. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social ha venido señalando un aumento continuo de las protestas en los últimos años. Pero hasta ahora no se había conectado este descontento por la escasez, la deficiencia en los servicios y la inseguridad con la oposición política al régimen. Al menos no, de forma amplia, en los sectores populares. Los sucesos en Cumaná y Ciudad Bolívar en junio y diciembre de 2016, fueron los dos primeros estallidos sociales lo suficientemente grandes como para romper el control del Estado en una ciudad importante. Y una advertencia que hay que atender con cuidado. Cuando en el contexto de las actuales protestas se han escenificado saqueos y expresiones de rechazo al Gobierno en áreas tan populares como San Félix y El Valle, podemos calcular hasta dónde el descontento popular ya se manifiesta políticamente, como tal vez no ha ocurrido desde finales de la década de 1990.

Estamos, como se ve, en otro momento. El cierre de un ciclo y acaso el nacimiento de otro, aún no sabemos cuál. Ojalá los venezolanos podamos construir la solución de la manera menos traumática posible. Lo mejor de nuestro esfuerzo y de nuestro talento debemos dedicarlo a eso.