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Monzantg: Venezuela: el No-País


Junio 20, 2016

Me gustaría comenzar diciendo que se trata de la historia de un día, o de ese momento de un día que también podemos llamar historia de una foto. Pero, por esos enredos de la razón, la pasión y la memoria, al mirar esta foto lo primero que recuerdo es a Rómulo Betancourt y su intento, exitoso, eso sí, de establecer una nueva clase empresarial y política: la suya. Y es a eso a lo que llamamos democracia representativa en Venezuela. Y a lo que Hugo llamará, luego, «cuarta república», para justificar, también, su nuevo producto, su otra nueva clase en el poder, su engendro: la «quinta república».

El primer recuerdo es Betancourt a pesar de que o precisamente porque nunca he elogiado a los adecos. Por el contrario, lo que más he criticado de ellos es su impostura para apropiarse de todos los espacios de poder a nombre de haber sido víctimas de la dictadura de Pérez Jiménez. En Los abusos de la memoria,Tzvetan Todorov aclara que, aunque nadie quiere ser víctima, lo que sí procura más de uno es recibir los beneficios políticos, sociales y hasta económicos de haberlo sido.

Betancourt, además de usufructuar el hecho haber sido víctima de persecuciones, encierros y exilio, capitalizó lo que Miguel Ángel Campos llamaría los logros civiles y estructuradores de una sociedad alcanzados entre 1936 y 1948, precisamente los fundamentos a partir de los cuales Betancourt terminó de construir una república que, lamentablemente, terminó siendo una de las más corruptas del mundo, según leí en un periódico local, La Verdad, en 1998.

¿Por qué este salto atrás a partir de la historia de una foto que, según Google me dice, es cuando más de marzo de 2014, y que, en principio, nada tiene que ver una cosa con la otra pues sus personeros son, justamente, todo lo contrario de aquellos? O eso parece.

En realidad, con sus diferencias, no son tan distintos. Primero, los de la foto son, por encima de todo, y por obra y gracia de sí mismos, aunque también con algo de ayuda inicial, una de las clases políticas más despreciables de la historia del planeta: unos 300 mil millones de dólares dilapidados en los últimos 16 años, según cuentas del The New York Times; una economía precarizada a niveles tan orwellianos como cubano-castristas y, según sigo convencido, con total intencionalidad. Ni se diga del catálogo de escasez, inflación y más.

Lo que se ve en la foto es una cleptocracia, esa nueva clase en el poder que heredó todo del príncipe Hugo: un estilo, un tono, una gestualidad y hasta una supuesta espontaneidad que Hugo definitivamente sí tenía. Visto así, Nicodemo es a Hugo lo que Carlos Andrés Pérez a Betancourt. Y en ambos casos el imitador es bastante peor.

Para otros efectos, lo verdaderamente digno de la foto es el encuadre. Diría que todo está en su lugar. Unos diez a doce soldados por lado hacen perspectiva para que Nicodemo destaque, engrandecido, bien puesto al fondo con el escándalo rojo hecho sobriedad al contraste con el negro.

El rojo gobierna, también, en el resto de los sentados. La bandera de Venezuela, aquí y allá, en las gorras, en los brazaletes y en el uniforme olímpico del joven vicepresidente. La franela negra del señor Cabello contrasta con la franela roja del oficial, atrás, entre Nicodemo y el vicepresidente.

La foto nos habla, también, de un asunto de familia. No solo la hija del patriarca y su esposo; también la esposa del presidente, la primera dama de la república a quien, por esos caprichos del lenguaje a los que Hugo fue tan dado, le llaman primera combatiente. Como recordándonos que siempre estamos con un pie en la guerra: nosotros, no ellos.

Caprichos míos, ahora prefiero hablar de coreografía. Más de una generación de venezolanos sabe en lo que pienso cuando digo Mary Cortez y Joaquín Riviera. Nicodemo muestra serenidad. Ya ha aprendido. Guarda dignidad de uso y ceremonial: el encimado es Cabello. No puedo dejar de pensar cuánto debió costar el reloj agigantado que luce Nicodemo.

El guionista incluyó unas diez mujeres «protagónicas»: ocho a la derecha de Nicodemo, dos a la izquierda. Quizá lo hayan regañado por el desatino. Los poderes públicos sentados frente a la casta militar. El gobierno de Nicodemo, como lo hacía Hugo, dirá que la foto habla de la unión cívico-militar. El poder siempre oculta. El historiador disconforme, el sociólogo entendido saben que el Partido Militar ha gobernado Venezuela desde los días de la guerra por la independencia, temprano el siglo diecinueve, en tropiezo con algún civil arisco, como un olvidado Edgar Sanabria, en la brevedad de 1958. Pero ni es unión ni, menos aún, cívica.

La élite gobernante, junto a la clase empresarial y la clase política, la conforma la casta militar. De Bolívar a Hugo y, en consecuencia, a Nicodemo, Venezuela ha sido gobernada por los hombres de oliva, de tradición conservadora, y, por efectos de la revolución rusa y de la guerra fría en América Latina, anticomunistas. ¿Qué hizo Hugo para introducir el cambio, el giro a la izquierda en la Fuerza Armada? Nada cambió. No hubo giro alguno. Todo era una trampa de los grandes alimentando a los chiquitos. El que se lo creyó pierde. Hugo en el centro de la historia. Y con plena conciencia de causa y efecto, como siempre la tuvo Bolívar. Hugo es el dueño de la ficción, tan rojo él como verde-oliva. Y nosotros padecemos la trampa.

¿Qué aprender de la foto? En mi perspectiva desencantada, que este país nunca va a tener paz. Que en el país difícilmente tendrá lugar el acuerdo político y jurídico según el cual el hombre de armas se somete al hacedor y administrador de leyes. Al burócrata, al civil, al político. Y esto es, precisamente, lo que podría justificar que hablemos de un No-País.

Desde una perspectiva más optimista, pero con los pies bien pegados al suelo, quizá la foto sea la invitación más clara al pacto inevitable con los militares para comenzar a enderezar el entuerto en el que nos metieron Hugo, Nicodemo, la nueva clase empresarial y política, y el Alto Mando Militar: dejarles el poder económico visible en la mano a cambio de que regresen al cuartel.

El mismo Betancourt que lo logró, a principio de los años sesenta, también dijo que el dinero y la gripe son de esas cosas que no se pueden esconder, como el reloj de Nicodemo.

MONZANTG