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Maduro: un ecologista que destruyó el Ministerio del Ambiente


Septiembre 30, 2014

Pudo ser perfectamente caricaturizado por la irreemplazable, Rayma: Maduro estrenándose como ecologista en la ONU, mientras, cual gladiador, le presentaba a su magra audiencia en la 69 Asamblea General, la cabeza ensangrentada del Ministerio del Ambiente que acababa de defenestrar y era, por su agenda y objetivos, el primero que se creó en Venezuela y América y una auténtica novedad en el mundo.

Obra de ecologistas de largo aliento como Henri Pittier, Francisco Tamayo, Ramón Aveledo Hostos, William Phelps, Ricardo Montilla, Alonso Camero, Pedro Trebbau, Francisco Quero, Juan Pablo Pérez Alfonzo y otros, cuya siembra fue eficientemente recogida por Arnoldo José Gabaldón, Deud Demid, José Rafael García. Guillermo y Enrique Colmenares Finol, Carlos Febres Poveda, Otto Huber, Charles Brewer Carías y Germán Briceño Ferrín, quienes, heredando una cultura y tradición establecida por los positivistas del siglo XIX, se empeñaron en defender a Venezuela de las fatales consecuencias que puede acarrear un crecimiento económico que no se sustente en una legislación que proteja las áreas verdes que son indispensables para mejorar la calidad de vida del país y del planeta.

Por eso, en sus 40 años de valiosísimos aportes, el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales fue como el otro ejército en una guerra, donde, chocaban los ciudadanos que defendían a la Venezuela natural, de las políticas públicas y privadas que, unas por demagogia y paternalismo, y otras por dividendos y negocios, bramaban por más y más tierras, más y más bosques

En esta tesitura, puede afirmarse que socialismo y capitalismo se daban de manos, unos y otros interesados en una legislación laxa, o excesivamente engorrosa, que avalara la anarquía, el caos y el desorden que ha convertido a nuestras ciudades grandes, medianas y pequeñas en sobrecogedores infiernos.

Recostados sobre necesidades poblacionales reales como los déficits de viviendas que, en ningún sentido, podían solventarse sobre la base de restarle espacios a los bosques, selvas y sabanas, sin los cuales, la desertificación de los territorios opera como una fatalidad inapelable e innegociable.

Puede afirmarse, sin embargo, que una "solución final" contra el Ministerio del Ambiente no advino sino durante los gobiernos que irrumpieron después de 1998, los de Chávez y Maduro, los del socialismo o populismo salvaje, los del Estado fuerte y depredador, cuando, al hambre por tierras y negocios de la nueva burocracia civil y militar, se unió una geopolítica que, al abrir el país a colonizadores de origen ruso, chino, suramericano y caribeño, ofreció también la desaparición de las trabas ecologistas y ambientales.

Con Chávez, en efecto, se inicia la devaluación del ministerio y del cumplimiento y mejoramiento de su legislación, al poner al frente del despacho a burócratas improvisados, sin calificación ni entrenamiento, que comenzaron, vía la ideologización, a desaplicar normas y leyes, y a plegarse a todas las decisiones que emanaban de un sistema donde la voz del presidente es la "voz de Dios"
Regresaba, a través de un fallido golpe militar, y de unas elecciones presidenciales que, sorprendentemente, sirvieron para legitimar el "acto de fuerza", el viejo caudillo venezolano y latinoamericano, quien, con un ropaje ideológico civilista y democrático, instrumentó una intoxicación histórica de mitos y leyendas que, injertadas con una ideología anacrónica, dieron lugar a una hiperconcentración urbana que, centrada en las superpobladas ciudades de la región central del país, devino en una proliferación de barrios y edificaciones que comenzaron a afectar los parques y reservas que se habían decretado en las décadas finales del siglo XX.

Los parques Henri Pittier en el Estado Aragua, el Ávila en el Área Metropolitana, y progresivamente, Morrocoy y los Médanos de Coro en Falcón y la Arestinga en Margarita, fueron de los primeros en sufrir las consecuencias de la permisología y el deterioro que genera la falta de presupuestos para protección y guardaparques.

Pero ese fue otro de los tantos males, ya que los nuevos "aliados estratégicos" de la revolución, los "hermanos" rusos, chinos, brasileños y cubanos también traían lo suyo, y al ser involucrados en desarrollos agrícolas, mineros, industriales y de construcción de infraestructura, embistieron contra los impedimentos legales, que, alegaban, era una de las causas para justificar los retardos, los sobreprecios, la incompetencia y la corrupción.

De a millares pueden contarse en el país los proyectos habitacionales, agropecuarios, manufactureros, viales, e industriales iniciados con asesoría y participación de los "socios estratégicos", pero abandonados tan pronto se hicieron efectivos los primeros cobros.

Regueros de chatarra, en miles de hectáreas que fueron previamente taladas, basureros improvisados, donde, filas de pobres en marginalidad crítica buscan procurarse los alimentos que no encuentran en los abastos, bodegas, mercados, y supermercados.

No surge otra visual cuando se observa el paso de los neoimperialistas asiáticos, euroasiáticos, suramericanos y caribeños por la que es su zona de expansión predilecta: el extenso territorio del estado Bolívar (350.000 km2), la zona minera, maderera y acuífera más importante del país, la región que por 70 años capitalizó el desarrollo minero e industrial, y hoy reconvertido en una caja negra donde solo se perciben empresas quebradas, o a medio quebrar, un altísimo índice de desempleo generador de más y más pobreza y un auge de la delincuencia común y organizada que hace tiempo debieron promover una declaratoria de "zona de desastre".

Pero los gobiernos de Chávez primero, y de Maduro después, muy tranquilos, viendo cómo la Reserva Forestal de Imataca con sus 3 millones de hectáreas es entregada sin ningún control a rusos y chinos, y cuencas como la del río Caura (6 millones de héctareas), la última cuenca virgen del mundo, también sufre el embate de estos cazafortunas que por ranquearse entre las potencias capitalistas siglo XXI son capaces de hacer y deshacerse culturas y países.

Debemos agregar, igualmente, los derrames petroleros que, de excepción en los años anteriores al "socialismo" castrochavista, ahora son rutinas, y, puede apostarse, que no pasa un solo mes sin que, de las zonas de explotación petrolera lleguen noticias de cómo la obsolescencia en equipos, la incompetencia del personal, y la corrupción auspician que ríos y zonas playeras venezolanas sean tomadas por la contaminación.

Pero la escasa inversión, la desactualización tecnológica, y la reconversión de una empresa del primer mundo, en otra del cuarto, también se hace sentir y los accidentes en taladros, terminales, oleoductos y complejos de refinación son otro aporte siniestro a la ecología de dos gobiernos que, no solo deterioraron el Ministerio del Ambiente, sino que acaban de defenestrarlo.

Un dato que se olvidó de resaltar Maduro en su viaje de angustias por el "cambio climático", en sus propuestas para que los países industrializados rebajen la emisión de gases que favorecen la "lluvia ácida" y el "efecto invernadero", pero sin referirse ni de pasada a la lucha que acababa de empezar en Venezuela por el rescate del Ministerio de Ambiente y el país vuelva a tener una muralla de defensa contra los depredadores públicos y privados.

Guerra que encabezan ecologistas y ambientalistas como Mario Gabaldón, Alexander Luzardo (exsenador y autor de las normas ambientales contenidas en la actual constitución), Jorge Padrón, Cristina Bahamonde, Alfredo Rincón, Sergio Antillano, Lusbi Portillo y tantos otros que no dudo triunfarán en su empeño.

Manuel Malaver