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¡La diáspora venezolana! por Carlos Dorado


Abril 20, 2016

Hace unos meses estuve en Dubái por razones de trabajo, y la última noche al entrar en la habitación, vi un sobre con mi nombre y una cajita de chocolates. Pensé que era la típica carta de despedida del gerente del hotel, deseándome que haya tenido buena estadía en el hotel, y un feliz viaje de regreso.

No le di mucha importancia, y ni siquiera la abrí. Cuando iba a apagar la luz, dispuesto a dormir, abrí el sobre sin mucho entusiasmo, y me encontré con una pequeña carta escrita a mano. Me la quedé viendo, y comencé a leerla.

"Estimado Señor Dorado, vi su pasaporte venezolano, y me alegró mucho, ya que no es frecuente encontrarse paisanos por estos lados. Le confieso que lo busqué en Google, y me puse a leer algunos de sus artículos. Usted también fue emigrante, y sabe lo que se sufre lejos de la tierra y de la familia. Lo envidio sanamente, porque pronto estará en mi amada Venezuela. Es duro estar fuera, sueño con regresar. Discúlpeme mucho, pero me dio mucha alegría saber que es venezolano, y poder atender a un paisano. Le dejo un pequeño presente".

La semana pasada, saliendo de viaje, observé en el aeropuerto de Maiquetia, una escena que trajo a mi memoria el recuerdo de mis padres y mis hermanos; cuando yo siendo un niño, nos despedimos para iniciar viaje rumbo a Venezuela. Mi madre llorando, y faltándole por momentos el aire, abrazando a cada uno de sus hijos pretendiendo fundirse en ellos, mientras mi padre bajaba la cara, para esconder sus lágrimas y su tristeza. Han pasado más de 45 años, pero la escena de unos padres separándose de sus hijos sigue siendo la misma: ¡De una grandísima tristeza!

En la época que llegué a Venezuela, una de las primeras palabras que descubrí fue: "Musiu", y la verdad es que había muchos; y con el tiempo descubrí que éramos un país, donde yéndonos atrás en las historias familiares, siempre había un padre, un abuelo o un bisabuelo español, portugués, italiano, etc.

Hoy casi 50 años después, ya me acostumbré a descubrir que el conserje del hotel, la mesonera, el taxista, el músico … en las diferentes ciudades del mundo que visito, son venezolanos. ¡Son "Musiús" fuera de Venezuela! Hemos pasado de ser un país de inmigrantes a un país de emigrantes.

Yo particularmente a los emigrantes los respeto y admiro muchísimo; porque me veo reflejado en ellos, siendo ésta una película que nadie tiene que contármela: porque me ha tocado vivirla. Sé lo que sufren, los carros que tienen que lavar, los platos que fregar, las humillaciones que soportar, la soledad a enfrentar, las incomodidades que sufrir, y las reuniones familiares a faltar.

Para estos héroes anónimos, el ayer no es el hoy, pero están dispuestos a luchar para que el hoy, no sea el mañana; y por ello pagan el precio más alto que se pueda pagar, el separarse de eso que para ellos es todo; es toda su belleza, es toda su verdad, es toda su esperanza, es toda su felicidad: ¡Su familia!

Mi madre, me solía decir: "Carlos, si todos estuviésemos satisfechos con nosotros mismos, no habría héroes" El verdadero combate empieza cuando uno debe luchar contra una parte de sí mismo. Pero uno sólo se convierte en héroe cuando supera esos combates.

El deseo de un futuro mejor, es el comienzo de un logro; y es más que una esperanza, pues conlleva una perseverancia inquebrantable para que se haga realidad. Y esa muchacha que llora añorando Venezuela, o el paisano en Dubái, ya comenzaron a lograrlo, y a convertirse en héroes.

CARLOS DORADO