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La causalidad política-economía


Abril 19, 2016

Los análisis económicos sobre la situación del país están polarizados, tanto quizás como las opiniones políticas. Eso es especialmente cierto cuando de esos análisis intentan sacarse algunas implicaciones políticas, muchas de ellas, por supuesto, a su vez extremas.

La lectura de las implicaciones políticas y económicas hay que verlas a veces con sumo cuidado. Para unos, la situación no es tan grave, el gobierno siempre tiene recursos de última hora y la situación puede prolongarse sin que ocurran mayores cambios. Para otros, la situación ya es terminal, la inflación y la recesión son el apocalipsis y el desenlace es una insurrección. Y hay que reconocer que hay público para todo. Hay mercado para ambos grupos. Algunos necesitan un terapeuta económico que les dé alguna tranquilidad, sobre todo si están sentados en un portafolio full de papeles venezolanos. Otros más bien necesitan un terapeuta que les alimente el paroxismo del día del juicio final. Es usual en esos análisis comparar la situación venezolana con la de otros países. La tesis fundamental es que el deterioro de la situación económica va a conducir a un cambio político y que este a su vez implicará una mejora de la situación económica. Pero uno podría preguntarse si existe de verdad esa especie de causalidad.

Un caso que se ha puesto de moda para comparar la situación venezolana es el de Zimbabue, una analogía no muy afortunada en el terreno económico y quizás mucho más errónea en el campo político. Con todo y la aceleración de la inflación, con una tasa mensual cercana a 20%, Venezuela está todavía lejos de un episodio hiperinflacionario tipo Zimbabue, en el cual los precios crecían casi 100% por día. La exageración nunca es buena cuando se trata de mezclar política y economía. Pero en el terreno político ciertamente es uno de esos ejemplos en la cual la relación de causalidad no se cumple. Quizás es el caso más emblemático. Mugabe, el longevo presidente de Zimbabwe, ha ensayado con cualquier cosa que usted pueda imaginar.

Programas ortodoxo y heterodoxos, con o sin el Fondo Monetario, tipo de cambio fijo o variable, ha hecho default nada menos y nada más que al FMI y el mismo fondo no le ha quedado más remedio que entregarle recursos concesionales. Son más de 30 años en el gobierno, con la segunda hiperinflación más alta en la historia, con una reducción luego también impresionante y, sin embargo, sigue allí en el poder con una economía totalmente depauperada. Nada parece cambiar en Zimbabue y todo parece entronizarse. El jefe de misión del FMI ya tiene más o menos la mitad del gobierno de Mugabe, algunas veces avalándolo y otras pontificando. Obviamente, las comparaciones no siempre son válidas, pero es importante aprender de la experiencia. En realidad, la situación económica en Venezuela no puede ser peor. En tres años, la economía habrá perdido cerca de 25% de su tamaño y la inflación mensual está cerca de 20% -eso es 791% anualizado-.

La dirección de causalidad no va necesariamente del terreno económico hacia el campo político. Pero tampoco va en dirección contraria: un cambio político no necesariamente es el placebo que va a solucionar los problemas económicos.

GUILLERMO ORTEGA