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José Toro Hardy: Alea iacta est (la suerte está echada)


Agosto 02, 2016

La sociedad venezolana está enfrentando severos antagonismos. A esto nos ha llevado un modelo que nunca ha tenido éxito en el mundo.

Nunca los defensores de ese modelo tuvieron mejor oportunidad de lograrlo que en nuestro país. Una población convencida del fracaso de los partidos, le entregó a un nuevo líder un cheque en blanco.

Comenzó por pedir una constituyente, una consulta al poder originario -al pueblo- para aprobar una nueva Constitución. ¡Y lo logró! Era el dueño de las circunstancias. Su nueva Carta Magna incorporaba todos sus deseos, incluyendo la figura de un Referendo Revocatorio y además la inclusión del Art. 350 que consagra el derecho del pueblo a "desconocer cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticas o menoscabe los derechos humanos".

Vuelca todas sus energías en un intento por moldear la sociedad conforme a su propia visión. Ahí comienzan los enfrentamientos.

Viene entonces la prueba de fuego. El paro, los conflictos con PDVSA y el despido de 20.000 de sus trabajadores, el pueblo protestando masivamente en las calles, los sucesos del 11 de abril, la breve salida del líder y su regreso al poder.

Triunfante en todas esas lides, lucía todopoderoso. Y para colmo en esos momentos los mercados petroleros se vuelcan a su favor con el más impresionante y sostenido auge de los precios que nunca antes se hubiese conocido. Después de haber alcanzado mínimos de 7 dólares el barril en 1998, el precio de la cesta petrolera venezolana sube hasta un máximo de 116 dólares. El cielo parecía el límite.

Era el momento de dar un salto al desarrollo, de lograr un cambio cualitativo en nuestra economía que permitiese garantizar su sostenibilidad y una solución permanente de los problemas sociales. Pero no, optó por aplicar un modelo político que le garantizase indefinidamente el control del poder. Se entregó a un populismo de proporciones épicas, con programas distributivos que sólo se hubiesen podido mantener si el precio y la producción petrolera hubiesen seguido creciendo indefinidamente.

La rentabilidad política fue inmensa. Mientras vivió logró todos los objetivos que se propuso, dentro y fuera de Venezuela. Lo único que no logró fue que el pueblo le aprobase la Constitución socialista que anhelaba.

Igual siguió adelante "sin cambiarle ni una coma". Substituyó esa constitución con el Plan de la Patria. Ya no quiso escuchar al poder originario. Craso error. Endeudó al país, lo sembró de incertidumbre y lo arrojó a la vorágine de una inflación ruinosa.

Parafraseando a Marx, aquel modelo contenía el germen de su propia destrucción. Desmanteló el aparato productivo. Pero sin una economía sólida que aportase los recursos y sin una industria petrolera pujante cuyas bases había destruido, aquel socialismo no era viable. No se podía distribuir lo que no se producía. Tomando las palabras de Andrés Eloy Blanco, fueron vapores de la fantasía.

Su legado al país destruyó su legado. Exacerbó el rentismo petrolero. No le bastaron los recursos que aportaba el petróleo; endeudó brutalmente a la nación y a la propia PDVSA. Liquidó la independencia del BCV y lo obligó a imprimir todo el dinero que requerían sus planes delirantes. Destruyó el valor de la moneda. Ya nadie quiere prestarle a Venezuela. El FMI lo resume en sus pronósticos para el 2016: inflación de más del 700% y caída del PIB del 10%. "Es decir, la peor evolución del crecimiento y la inflación en todo el mundo", acotó el Fondo. El país ha entrado en una situación de desesperanza que oprime el corazón.

En el ámbito político la situación no puede ser más tensa. El pueblo escogió sus representantes a la Asamblea Nacional el 6D pero el TSJ no sólo desconoció a algunos de ellos, sino que ha desconocido sistemáticamente las decisiones que toma la Asamblea. A su vez la Asamblea ha anulado la designación de los Magistrados "express" al TSJ y por su parte el PSUV espera que el TSJ disuelva la Asamblea (no sé basándose en qué artículo de la Constitución). Ha estallado una guerra entre poderes.

La salud de la República está en grave riesgo. Frente a una situación así la única salida pacífica es recurrir al poder originario definido como aquel en quien reside el origen de la soberanía del estado: el pueblo, a quien Rousseau calificaba como "el soberano", que es el único calificado para ratificar la voluntad general. Para consultarle se incluyó en la Constitución de 1999 la figura del Referendo Revocatorio. Si el pueblo está conforme con lo que ocurre, que lo diga y habrá que aceptarlo; si no, habrá que acatar su voluntad. De lo contrario cualquier cosa puede ocurrir y a no dudarlo ocurrirá.

Tal como están las cosas ya no hay marcha atrás. Como dijo Julio César al cruzar el Rubicón: Alea iacta est.

JOSÉ TORO HARDY