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Guillermo Ortega: ¿Camino al FMI?


Febrero 05, 2016

Algunos colegas piensan que entrar en un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) es no solo inevitable, sino el paso correcto para que el país supere la crisis. Agregan para reforzar el argumento: el organismo ya no es el mismo centro de evangelización que imponía a sangre y fuego programas de estabilización inspirados en el dogma. Efectivamente, el FMI debería ser la instancia adecuada para países que enfrentan choques adversos en sus cuentas externas, es una especie de prestamista de última instancia cuando se cierran otras fuentes de financiamiento. También es una fuente de asesoría de primer nivel, foro de discusión de políticas, un cuerpo de expertos que debería servir de apoyo para el diseño de políticas macroeconómicas.

Venezuela enfrenta hoy el choque externo más fuerte en toda su historia; además tiene casi cero accesos a los mercados voluntarios. Si los precios del petróleo se mantienen a los niveles actuales, el país recibiría como ingreso externo per cápita, más o menos 20% de lo que recibía en 2012, menos de 15% de lo que recibía en 1974 en términos reales. Igual es cierto que el desorden y la debilidad institucional hacen muy complicado el ensamblaje y ejecución de un programa de estabilización. Ambas cosas parecieran suficientes para utilizar un mecanismo como el Fondo para facilitar la estabilización. Pero, ¿qué ocurriría si se materializa ese deseo? Lo que suele pasar es lo mismo que ocurrió en 1989 y 1996. El Fondo promete unos recursos, de los cuales desembolsa una cantidad muy pequeña mientras los otros desembolsos los ata a una lista de exigencias, muchas veces irrealizables, que implican que el resto de los mercados de capitales se sientan a observar el desarrollo de lo que termina siendo una situación de rehenes. Con los programas del Fondo suele ocurrir lo mismo que cuando un banco privado se endeuda con el Banco Central, el pánico se generaliza. Los requisitos de ajuste fiscal que el Fondo impone suelen ser imposibles de realizar, no tanto por un concepción equivocada, sino porque los jefes de misión tratan de salvaguardar su carrera. Es lo típico que ocurre en organizaciones rígidas y altamente burocratizadas. El Fondo sigue siendo el mismo sujeto de décadas anteriores, no tanto porque suscriba un determinado dogma, sino porque actúa con la misma lógica de organizaciones burocratizadas. Esta caracterización no es propia, es el resultado que se recoge en las evaluaciones independientes hechas al organismo. No hay un solo programa exitoso que el FMI pueda utilizar como ejemplo de sus actuaciones. El Fondo actúa con arrogancia y mezquindad con países débiles, especialmente aquellos que no deciden el ascenso en la institución.

Cuando uno ve al director de hemisferio occidental regodeándose de la situación macroeconómica del país, suplantando su rol técnico por el de un actor político, descubre que el organismo no ha cambiado mucho. El FMI al final del día no es el guardián de unos principios evangelizadores, es un grupo de burócratas más ocupados de congraciarse con sus jefes que de la calidad del ajuste macro.
No se aprende por la acción mágica de un ente externo. El país tiene que aprender de su propia experiencia e identificar con responsabilidad sus alternativas.

Guillermo Ortega