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Ante un juego desigual


Octubre 13, 2014

El régimen político venezolano híbrido, del tipo de los autoritarismos competitivos, es un régimen relativamente nuevo, si se le compara con los extremos del espectro de esta clasificación: los autoritarismos cerrados (dictadura) y las democracias liberales.

Venezuela está en una situación intermedia: no es ni una dictadura ni una democracia liberal. Este régimen de autoritarismo competitivo según los politólogos, es fundamentalmente una mutación de los autoritarismos dictatoriales, para darle viabilidad política a la vocación totalitaria de gobernantes, que necesitan alcanzar el poder mediante la utilización de mecanismos democráticos, cuando se le cierran los caminos tradicionales de las dictaduras como son los golpes de estado. Así, cuando al teniente coronel Hugo Chávez le fallo (por ahora) el golpe de estado de 1992, para obtener el poder, fue convencido por algunos, de que debía utilizar los mecanismos electorales propios de la democracia para alcanzarlo. Después, para conservar el poder indefinidamente, nuestro sistema de democracia electoral muto hacia un autoritarismo competitivo como el actual.

El ejercicio del poder se hizo cada vez más autoritario. Se debilito sustancialmente la división de poderes. Se generaron numerosos leyes por vía habilitante, para limitar recursos, controlar actividades o reprimir partidos y líderes políticos. Las organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación opositores han sido perseguidos y clausurados. Estas prácticas se fortalecen, en la medida en que estos regímenes pierden legitimidad y aumenta el riesgo de perder elecciones, como ocurre en la Venezuela de hoy.

En estos regímenes, se usan mecanismos fraudulentos como la generación de redes clientelares dependientes del gobierno, como han sido las misiones en Venezuela, la compra de votos, el control de la autoridad electoral, el ejercicio sofisticado de la opresión para quienes dependan directa o indirectamente del gobierno o la negación de recursos, permisos o tramites. Asimismo, se incrementa la presión fiscal a quienes no siendo dependientes económicamente del gobierno, financian a los movimientos de oposición o representan un peligro para el régimen por su capacidad de organización.

A ello tendríamos que agregar el grosero ventajismo derivado del control de los recursos y el poder del estado para generar dependencia, lealtad o miedo. Este tipo de regímenes como el venezolano (autoritarismos competitivos) según Alarcón y Álvarez (2014) tuvo su mayor impulso durante los años posteriores a la Guerra Fría, tras el colapso de la Unión Soviética. Las condiciones internacionales generaron en muchos países una fuerte presión para la apertura política. Los costos y riesgos para el mantenimiento de algunas dictaduras subieron, pues se origino una fuerte tendencia hacia la imposición de la democracia. Huntington llamo a este proceso "la tercera ola".

Así, mientras en 1985 solo ocho países podían clasificarse como autocracias competitivas, hoy existen aproximadamente treinta y cinco, entre los cuales pueden mencionarse: Rusia, Turquía, Ucrania, Zimbabue, Armenia, Tanzania, Bangladesh, Bielorrusia, Kenia, Malasia, Malawi, Nigeria, y por supuesto, Venezuela. Para Levitsky y Way, en 2010 una docena de regímenes de autoritarismo competitivos se habían mantenido en el poder por más de 15 años. Venezuela ya es otro. En consecuencia, los venezolanos debemos tener claro, ante nuevos procesos electorales, que no estamos compitiendo en ningún tipo de democracia, sino en un régimen autoritario, cuya condición esencial es la capacidad para competir electoralmente con ventajas, en un campo de juego desigual.

Si no comprendemos esto con claridad, no podremos lograr lo que otros países si consiguieron en el periodo 1995-2006: convertir regímenes de autoritarismo competitivo en otras formas de gobierno democráticos tras un proceso electoral. Ojala podamos lograrlo.

Jorge Sánchez Melean